Según la mitología, Parténope era una de las sirenas (que tenían cuerpo de ave y cabeza de mujer - la imagen de cuerpo de pez y torso de mujer es muy posterior) que tuvo que morir cuando Ulises y sus compañeros pudieron resistir al hechizo de su canto. Recordemos que Ulises había hecho que sus hombres se taparan los oídos con cera, y que a él mismo lo ataron firmemente al mástil de su barco pero con sus oídos libres, de modo que pudiera escuchar el atrapante canto de las sirenas sin ser capaz de seguirlo.
El cuerpo de Parténope fue arrastrado a una playa, de donde los pobladores del lugar lo rescataron y sepultaron en un monumento donde la sirena muerta comenzó a recibir homenajes y culto. Alrededor de ese templo se fue levantando la ciudad de Neápolis (Nápoles).
Con semejante pedigree, Nápoles puede sobrellevar dignamente las sogas con ropa secándose al aire, que atraviesan sus estrechas callejuelas en la parte más antigua (por ejemplo, el barrio español). En Buenos Aires no encontramos esos colgajos impúdicos, pero al fin y al cabo la Reina del Plata no tiene otro antecedente que el de haber nacido junto a un río marrón, como cuatro ranchos de barro levantados por unos españoles que buscaban afiebradamente un reino de inmensas riquezas que nunca encontraron.
Tal vez sería bueno saber que las estrechas y zigzagueantes calles de la Nápoles vieja muestran engañosos frentes descascarados de edificios de doscientos años o más, todos construidos con ladrillos y cal, arcos de bóveda, y muros de 50 centímetros de grosor propios de una época que desconoció el hormigón armado. Digo que los frentes son engañosos porque los interiores de estas casas de cuatro pisos albergan departamentos amplísimos, con todo el confort y un estilo exquisito.
El mismo día de nuestra llegada a Nápoles (era un domingo) salimos a caminar por la tarde. Las calles estaban repletas de gente paseando distendida, mirando las vidrieras o conversando en grupos en un ambiente festivo. Al día siguiente leí, en las ediciones on-line de los diarios, que había habido un temblor en la zona y la gente había salido de sus casas como medida de precaución. Quedé extasiado. Yo no había sentido el temblor, pero si la forma que tienen los napolitanos de esquivar un terremoto es hacer un paseo relajado y alegre por las calles, se han ganado con eso mi ilimitada admiración. Al fin y al cabo hace siglos tienen como amenazante vecino al Vesubio, que en el siglo I arrasó con las poblaciones que están sobre sus laderas, y en 1631, 1872 y otras les dió un lindo susto a toda la región. Un temblor más o menos no va a arruinarles el domingo, y hasta parece que les ayudaría a superar la clásica depresión de la última tarde del fin de semana.
Eso es lo que percibí, lo que recibí en Nápoles y en toda la zona sur de Italia, de la rodilla de la bota para abajo: la actitud de que la vida es hermosa, de que hay que vivirla y disfrutarla bocado a bocado, saboreándola y dándole vueltas en la boca para que suelte todos los sabores y aromas que contiene. Y se ve esta actitud en todo: en el gusto por vestirse bien, en la interminable variedad de pastas, salsas, quesos, vinos, postres; en los colores brillantes de las casas, en el hablar con muchos gestos, la música sentimental y dulzona ("Torna a Surriento"), la casas con huerto y jardín, las cerámicas adornadas con flores y frutas, los pesebres navideños, en fin, en todo lo que se hace y dice. Los napolitanos cometen una sola gaffe con esa frase inaceptable: "Vedere Napoli e dopo morire" que nos condena a disfrutar sólo una vez en la vida de esa experiencia. Pero tal vez no sea más que una muestra de esa grandilocuencia, de esa exageración verbal que los caracteriza.
Un breve comentario más. Es sabido el pobre concepto que los habitantes del norte de la península tienen de los que viven en el sur. Los del norte son una gente alta y mayormente rubia, seria y muy trabajadora, que viven la mayor parte del año bajo unos cielos nublados que siempre parecen estar a punto de lluvia o nieve. A mí me parece que las críticas y burlas de los del norte hacia los del sur son una forma de disimular la envidia de una gente a la que el clima no les deja otra diversión que la de trabajar y dormir para juntar dinero con el que viajar a regiones más benignas. Y eso es realmente muy triste.
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