Allá por los 80, cuando yo militaba en la conducción nacional de la Acción Católica, había comenzado la moda de escribir graffitis en las paredes, y todavía trataban de mostrar cierto ingenio ("Volveré y seré sillones - Luis XV"). En una pausa para el café durante una reunión institucional comenzamos a comentar los graffitis que habíamos visto recientemente, y el padre Raúl, nuestro asesor, un cura brillante con una extensa cultura, que había leído con la misma dedicación y entusiasmo a San Agustín, Santo Tomás de Aquino, Camus, Sartre o Karl Popper, comentó: "Hoy vi un graffiti buenísimo, decía - No al aborto, coja por el orto - ". Dejo a la imaginación del que lea esto representarse la cara de espanto de las piadosas damas y de más de un piadoso caballero presentes.
En cuanto al que lea esto, bueno, en principio lo estoy escribiendo para mí. Algunos amigos y no amigos lo leerán, con variado efecto.
La postura de la Iglesia sobre temas relacionados con el sexo es más o menos conocida: El sexo está destinado a la procreación, y por lo tanto sólo es lícito entre personas de distinto sexo dentro del vínculo matrimonial. Todo lo relacionado con el sexo está revestido de un aura temible y debe ser respetado. Cualquier práctica que obstaculice o complique la fecundación o el término del embarazo está descartada desde el vamos. Los componentes orgánicos que intervienen en la procreación tienen la misma entidad: derramar el semen del hombre fuera del acto sexual lícito (=matrimonio) es un acto desordenado y pecaminoso. He llegado a leer en un texto ("Teología Moral para Seglares" de Fray Antonio Royo Marín, un muy prestigioso teólogo español del siglo XX) que en el caso de que se necesitara hacer un estudio del semen de un paciente para determinar su fertilidad o infertilidad, no es lícito obtener el semen a través de la masturbación o recogiéndolo en un preservativo durante el acto sexual; se recomienda en cambio que el médico u otro profesional obtenga la muestra por medio de una punción de los testículos.
Argumentos como éste debería colocar a la Iglesia, desde el vamos, fuera de cualquier debate. Vemos que no es así.
Conviene hacer notar que las posturas sobre la sexualidad y la procreación son compartidas dentro de la Iglesia tanto por los sectores supuestamente más conservadores como por los grupos "progresistas" que están en su momento cumbre con el argentino Bergoglio sentado en la cátedra de Pedro. Personalmente creo que los clérigos progresistas han renunciado a la pompa y la solemnidad litúrgica para adoptar un aire canchero y de barrio, pero que conservan un hambre de poder digno de los papas Borgia o Médicis del siglo XVI. Para los católicos conservadores, el aborto es parte de una conspiración comunista; para los católicos progresistas, el aborto es una imposición del FMI (así precisamente lo ha expresado uno de sus mayores referentes, el padre Pepe, cura villero).
Reconozco que tantos años de militancia y práctica católica han dejado en mí una huella, y por lo tanto para mí sigue siendo esencial saber si el niño no nacido es una persona o no, o al menos en qué momento podemos considerar que es una persona. Es un interrogante que no está cerrado ni mucho menos, pero esto que para mí es crucial en la determinación de la licitud o ilicitud del aborto bajo ciertas circunstancias, no tiene la menor relevancia para otras personas.
En estos días el debate (por llamarlo de alguna manera) por el aborto está en su punto más caliente. No voy a hablar del debate en sí, pero he sacado de él algunos datos interesantes. Para algunos, si no hubo nacimiento no hay persona. Por lo tanto, es perfectamente lícito, mientras no se haya iniciado el trabajo de parto (incluso dos o tres días antes), hacer una cesárea, extraer el feto e inyectarle un droga para inducir el paro cardíaco. En lo personal, para mí estaríamos ante un homicidio, pero la postura más progre decanta para ese lado. Tengo un íntimo sentimiento de que muchas personas (particularmente ciertas feministas) están a favor del aborto incluso en las condiciones que menciono, porque en el fondo sienten una repulsión invencible por la idea de gestación, nacimiento, maternidad en definitiva.
Desde luego, a diferencia de lo que predica la Iglesia, no creo que haya una vida humana cuando lo que hay es un conjunto de células no diferenciadas multiplicándose, no hay sistema nervioso, en especial cerebro, y por lo tanto forma de experimentar dolor o angustia. Y hasta ahí no tengo entonces problema con la interrupción de la gestación. O sea que para mí hay un punto hasta donde sería lícito interrumpir un embarazo y un punto a partir del cual ya no lo sería. Por momentos creo ser el único al que le importa esto, porque para los anti-aborto la interrupción del embarazo no es lícita jamás, mientras que para los pro-aborto pareciera que la interrupción del embarazo es lícita siempre, porque lo que importa no es si el no nacido es una persona, sino la mujer y su derecho a usar de su cuerpo y su libertad, o el hecho de que el aborto es una cuestión de salud pública, u otros argumentos de nivel parecido.
Cómo suele pasar en situaciones de este tipo, el seudo debate sobre un tema central incluido en una ley, sirve para opacar otros aspectos de la ley que pueden ser horrorosos. Algo así como lo que pasó con la última reforma de la constitución para incluir la reelección presidencial, que se convirtió en un debate entre los pro-menem y los anti-menem, y nos dejó una constitución que es un mamarracho en todo lo demás. Menem va a estar muerto y sepultado y los argentinos vamos a seguir lidiando con las taras de esa espantosa reforma.
Con la ley del aborto que se está discutiendo pasa algo parecido. Dos años de cárcel para el médico que se niegue a practicar un aborto (me imagino que esta cláusula del código penal sí será aplicada rigurosamente por los jueces, sin fianzas, salidas transitorias ni nada por el estilo). Da la impresión de que la ley no sólo busca legalizar el aborto, sino de paso caer con todo el peso posible del castigo sobre los que no estén de acuerdo con ella. No cuesta nada pensar en que los médicos que no estén dispuestos a realizar un aborto se inscriban en un registro, de manera de asegurarse que todo centro de salud cuente con alguno que sí está dispuesto a hacerlo. Pero en general la izquierda está más predispuesta a usar la cárcel como castigo a la disidencia ideológica que como castigo al que para robar un celular le mete un tiro en la cabeza al que está esperando el colectivo.
Necesitaba escribir esto, no aporta nada, pero me vino bien escribirlo. Y fundamentalmente reconoceré que puedo estar equivocado en lo que creo. Y esto último no se escuchó mucho últimamente.
lunes, 11 de junio de 2018
lunes, 14 de mayo de 2018
Si Mahoma no va a la montaña ...
... que no vaya. La montaña no va a ir a Mahoma porque las montañas no caminan.
Recientemente una amiga publicó en Facebook la impresión que le produjo cruzarse con un matrimonio musulmán en el que la mujer iba cubierta de pies a cabeza. Este espectáculo que tanto llama la atención en la Argentina, es cosa de todos los días en Europa.
El post de mi amiga cosechó varias respuestas, algunas de las cuales destilan buenismo por todos los poros e invitan a respetar las diferencias, quiénes somos nosotros para decir cómo deben vivir los demás, etc.
Creo que todos los que me siguen en Facebook tienen en claro que no siento mucha simpatía por los musulmanes. En realidad no siento mucha simpatía por la gente religiosa; menos aún por aquella gente a la que su religión la coloca en conflicto con lo que hay de humano en nosotros (por ejemplo: Testigo de Jehová que no permite hacerle una transfusión de sangre a su hijo) y menos que menos simpatizo con aquellos que además quieren imponer su religión al resto de la sociedad. Aclaro también que hay gente que sin ser especialmente creyente tiene en cambio una actitud igualmente religiosa respecto de sus opiniones (ambientalistas y feministas, por dar sólo dos ejemplos, pero hay más).
Los que somos parte de ese grupo que se define difusamente como "civilización occidental" tenemos sobre nosotros la historia, y en cierta forma la herencia, de la Iglesia Católica, de su dominio de la sociedad con mano de hierro y de sus prácticas represivas; historia y herencia que pesan sobre todos, aún sobre los que no se reconocen como católicos ni como creyentes. Durante largos siglos la sociedad europea vivió en lo que se conocía como "Cristiandad", una unión indestructible entre la Iglesia y el Rey, el duque o el emperador, en la que se suponía que los miembros de la sociedad eran, o debían ser, todos cristianos (mal la pasaban los judíos...) y que la Iglesia dictaba las normas sociales de comportamiento. Esas prácticas de la Iglesia Católica han quedado en el pasado, pero no sabemos con certeza si se debe a que la Iglesia cambió (yo no lo creo) o sólo a que ha perdido el poder que tenía en su momento, y no sabemos qué pasaría si la Iglesia recuperara el poder que supo tener, digamos, en el siglo XV (ojalá no pase). Al fin y al cabo no hace tanto, sólo 40 años, durante el último gobierno militar de Argentina, durante la Semana Santa las radios no podían emitir otra cosa que no fuera lo que se conoce como "música sacra". Es llamativa la insistencia de la Iglesia (al menos del clero) en luchar por sostener su pedazo de poder; los simpáticos sacerdotes del tipo del Papa Francisco tal vez estén apostando a que el mundo del futuro será gobernado por el socialismo, y buscando alguna forma de convivencia con los nuevos jefes que les asegure un lugarcito al sol del poder.
Pero si bien la Inquisición está archivada como una de las páginas negras de nuestra civilización occidental, en los países musulmanes ese tipo de prácticas está vigente y al día. En Pakistán, por ejemplo, quien deje de ser musulmán para convertirse en cristiano o declararse ateo recibe la pena de muerte.
Sabemos que el agrupamiento de libros conocido como "La Biblia" contiene, para los cristianos, dos partes; el llamado "Antiguo Testamento" con los libros religiosos de la tradición judía, y el "Nuevo Testamento" con los hechos y enseñanzas de Jesús y sus seguidores. Para los católicos el Nuevo Testamento tiene una relevancia mucho mayor que el Antiguo Testamento, al que conservan simplemente como testimonio de la tradición religiosa del pueblo. Salvo un dicho de Jesús de ambigua interpretación ("no he venido a traer la Paz sino la Espada") no hay en todo el nuevo testamento una sola invitación a perseguir a los no cristianos, ni a constituir una alianza entre los dignatarios de la Iglesia y el poder; por el contrario, hay varias expresiones y gestos de Cristo que apuntan en sentido contrario.
Por otra parte, ya desde el libro del Génesis, con la desobediencia de Adán y Eva queda establecido que el hombre es libre y que debe asumir las consecuencias de sus actos, y esta idea está implícita en todas las escrituras.
Podemos decir entonces que la Iglesia Católica, al formar una alianza con el poder y perseguir a los que no sigan sus dogmas y normas, está traicionando las enseñanzas de su fundador. En cambio, el fundador del Islam, Mahoma, en el Corán, hace numerosos y explícitos llamamientos a construir una sociedad totalmente islámica, a castigar a los que no siguen las normas del profeta, a colocar en una situación secundaria y sin derechos a cristianos y judíos, y a exterminar directamente a los que profesen las religiones paganas. El Corán promueve la guerra santa y detalla una ley ("Sharía") por la cual debe regirse toda la sociedad. Además el Islam es fatalista por su creencia de que las vidas de los hombres "ya están escritas" en un libro de Alá, que todo lo que nos sucede está pasando porque está escrito; somos así títeres inermes guiados por un dios incomprensible y cruel.
El cristianismo tenía entonces en sí una posibilidad, un germen de regeneración que permitió que las sociedades terminaran por sacarse de encima los aspectos más tenebrosos de esa religión y avanzaran hacia las formas del arte y la ciencia que surgen de la sociedad libre, mientras que las sociedades islámicas en gran parte siguen fosilizadas en la Edad Media, siempre iguales a sí mismas. ¿Quién es el Newton, el Darwin, el Mozart del Islam? No aparecen por ningún lado.
Hace unos tres años estuve en Londres y me quedé perplejo al ver que hay barrios enteros (Whitechapel, por poner un ejemplo) que parecen más un barrio de Damasco o de Islamabad que una parte de Londres. Me comentaron también que las mujeres no musulmanas que viven en ese barrio tratan de mudarse lo antes posible, y mientras tanto deben ir cubiertas para no tener que sufrir insultos y acoso de parte de los hombres musulmanes del vecindario. Una noche fuimos a comer (eramos cinco amigos) a un restaurant árabe de la zona musulmana, que era pequeño y tenía un pasillo central con una fila de mesas a cada lado; en una de las filas, había tres hombres sentados; en la otra fila, tres mujeres. Luego nos dimos cuenta de que los tres hombres eran los maridos de las tres mujeres, y las manejaban sin una palabra, sólo con la expresión de la mirada. Sin pensarlo nos sentamos del lado del pasillo donde estaban las mujeres ... las miradas amenazantes de los maridos, de los que atendían las mesas y hasta del que estaba en la caja nos dejaron helados, pero no nos movimos de nuestro lugar, hasta que finalmente las mujeres se levantaron y se sentaron del mismo lado que sus maridos.
Y creo que esto resume todo el problema: la pretensión explícita de los musulmanes de que todos deben ser musulmanes y de que todas las sociedades deben regirse por la sharía. Yo no tengo problemas con que lleguen inmigrantes de Siria, pero que sepan que si queman a la esposa con agua hirviendo porque le puso demasiada sal a la comida, van a ir a la cárcel sí o sí, no importa lo que diga el Profeta. Y que si venden a su hija de 9 años a un tipo de 60 para que la tome por esposa estarán cometiendo un delito y deberán pagar por él; y que de ninguna manera aceptaré que vengan a imponer a mi sociedad las normas de comportamiento que escribió un pedófilo psicópata y homicida allá por el siglo VII.
Y si hay que ir de la ceca a la Meca, me quedo en la ceca.
Recientemente una amiga publicó en Facebook la impresión que le produjo cruzarse con un matrimonio musulmán en el que la mujer iba cubierta de pies a cabeza. Este espectáculo que tanto llama la atención en la Argentina, es cosa de todos los días en Europa.
El post de mi amiga cosechó varias respuestas, algunas de las cuales destilan buenismo por todos los poros e invitan a respetar las diferencias, quiénes somos nosotros para decir cómo deben vivir los demás, etc.
Creo que todos los que me siguen en Facebook tienen en claro que no siento mucha simpatía por los musulmanes. En realidad no siento mucha simpatía por la gente religiosa; menos aún por aquella gente a la que su religión la coloca en conflicto con lo que hay de humano en nosotros (por ejemplo: Testigo de Jehová que no permite hacerle una transfusión de sangre a su hijo) y menos que menos simpatizo con aquellos que además quieren imponer su religión al resto de la sociedad. Aclaro también que hay gente que sin ser especialmente creyente tiene en cambio una actitud igualmente religiosa respecto de sus opiniones (ambientalistas y feministas, por dar sólo dos ejemplos, pero hay más).
Los que somos parte de ese grupo que se define difusamente como "civilización occidental" tenemos sobre nosotros la historia, y en cierta forma la herencia, de la Iglesia Católica, de su dominio de la sociedad con mano de hierro y de sus prácticas represivas; historia y herencia que pesan sobre todos, aún sobre los que no se reconocen como católicos ni como creyentes. Durante largos siglos la sociedad europea vivió en lo que se conocía como "Cristiandad", una unión indestructible entre la Iglesia y el Rey, el duque o el emperador, en la que se suponía que los miembros de la sociedad eran, o debían ser, todos cristianos (mal la pasaban los judíos...) y que la Iglesia dictaba las normas sociales de comportamiento. Esas prácticas de la Iglesia Católica han quedado en el pasado, pero no sabemos con certeza si se debe a que la Iglesia cambió (yo no lo creo) o sólo a que ha perdido el poder que tenía en su momento, y no sabemos qué pasaría si la Iglesia recuperara el poder que supo tener, digamos, en el siglo XV (ojalá no pase). Al fin y al cabo no hace tanto, sólo 40 años, durante el último gobierno militar de Argentina, durante la Semana Santa las radios no podían emitir otra cosa que no fuera lo que se conoce como "música sacra". Es llamativa la insistencia de la Iglesia (al menos del clero) en luchar por sostener su pedazo de poder; los simpáticos sacerdotes del tipo del Papa Francisco tal vez estén apostando a que el mundo del futuro será gobernado por el socialismo, y buscando alguna forma de convivencia con los nuevos jefes que les asegure un lugarcito al sol del poder.
Pero si bien la Inquisición está archivada como una de las páginas negras de nuestra civilización occidental, en los países musulmanes ese tipo de prácticas está vigente y al día. En Pakistán, por ejemplo, quien deje de ser musulmán para convertirse en cristiano o declararse ateo recibe la pena de muerte.
Sabemos que el agrupamiento de libros conocido como "La Biblia" contiene, para los cristianos, dos partes; el llamado "Antiguo Testamento" con los libros religiosos de la tradición judía, y el "Nuevo Testamento" con los hechos y enseñanzas de Jesús y sus seguidores. Para los católicos el Nuevo Testamento tiene una relevancia mucho mayor que el Antiguo Testamento, al que conservan simplemente como testimonio de la tradición religiosa del pueblo. Salvo un dicho de Jesús de ambigua interpretación ("no he venido a traer la Paz sino la Espada") no hay en todo el nuevo testamento una sola invitación a perseguir a los no cristianos, ni a constituir una alianza entre los dignatarios de la Iglesia y el poder; por el contrario, hay varias expresiones y gestos de Cristo que apuntan en sentido contrario.
Por otra parte, ya desde el libro del Génesis, con la desobediencia de Adán y Eva queda establecido que el hombre es libre y que debe asumir las consecuencias de sus actos, y esta idea está implícita en todas las escrituras.
Podemos decir entonces que la Iglesia Católica, al formar una alianza con el poder y perseguir a los que no sigan sus dogmas y normas, está traicionando las enseñanzas de su fundador. En cambio, el fundador del Islam, Mahoma, en el Corán, hace numerosos y explícitos llamamientos a construir una sociedad totalmente islámica, a castigar a los que no siguen las normas del profeta, a colocar en una situación secundaria y sin derechos a cristianos y judíos, y a exterminar directamente a los que profesen las religiones paganas. El Corán promueve la guerra santa y detalla una ley ("Sharía") por la cual debe regirse toda la sociedad. Además el Islam es fatalista por su creencia de que las vidas de los hombres "ya están escritas" en un libro de Alá, que todo lo que nos sucede está pasando porque está escrito; somos así títeres inermes guiados por un dios incomprensible y cruel.
El cristianismo tenía entonces en sí una posibilidad, un germen de regeneración que permitió que las sociedades terminaran por sacarse de encima los aspectos más tenebrosos de esa religión y avanzaran hacia las formas del arte y la ciencia que surgen de la sociedad libre, mientras que las sociedades islámicas en gran parte siguen fosilizadas en la Edad Media, siempre iguales a sí mismas. ¿Quién es el Newton, el Darwin, el Mozart del Islam? No aparecen por ningún lado.
Hace unos tres años estuve en Londres y me quedé perplejo al ver que hay barrios enteros (Whitechapel, por poner un ejemplo) que parecen más un barrio de Damasco o de Islamabad que una parte de Londres. Me comentaron también que las mujeres no musulmanas que viven en ese barrio tratan de mudarse lo antes posible, y mientras tanto deben ir cubiertas para no tener que sufrir insultos y acoso de parte de los hombres musulmanes del vecindario. Una noche fuimos a comer (eramos cinco amigos) a un restaurant árabe de la zona musulmana, que era pequeño y tenía un pasillo central con una fila de mesas a cada lado; en una de las filas, había tres hombres sentados; en la otra fila, tres mujeres. Luego nos dimos cuenta de que los tres hombres eran los maridos de las tres mujeres, y las manejaban sin una palabra, sólo con la expresión de la mirada. Sin pensarlo nos sentamos del lado del pasillo donde estaban las mujeres ... las miradas amenazantes de los maridos, de los que atendían las mesas y hasta del que estaba en la caja nos dejaron helados, pero no nos movimos de nuestro lugar, hasta que finalmente las mujeres se levantaron y se sentaron del mismo lado que sus maridos.
Y creo que esto resume todo el problema: la pretensión explícita de los musulmanes de que todos deben ser musulmanes y de que todas las sociedades deben regirse por la sharía. Yo no tengo problemas con que lleguen inmigrantes de Siria, pero que sepan que si queman a la esposa con agua hirviendo porque le puso demasiada sal a la comida, van a ir a la cárcel sí o sí, no importa lo que diga el Profeta. Y que si venden a su hija de 9 años a un tipo de 60 para que la tome por esposa estarán cometiendo un delito y deberán pagar por él; y que de ninguna manera aceptaré que vengan a imponer a mi sociedad las normas de comportamiento que escribió un pedófilo psicópata y homicida allá por el siglo VII.
Y si hay que ir de la ceca a la Meca, me quedo en la ceca.
martes, 10 de abril de 2018
La Casa de Papel (Higiénico): 1
Antes de ayer, domingo, terminé de ver La Casa de Papel, la serie de Netflix que tanto dio que hablar. No me gustó para nada, pero algunos amigos en cambio han dicho que le pareció la mejor serie que hayan visto. Cada uno tiene sus gustos y sus opiniones, y aquí voy a volcar los míos. Mis razones para que la serie me parezca realmente mala se pueden clasificar en tres grandes grupos: 1) argumento flojo y lleno de baches y cabos sueltos, 2) pobreza de la interpretación de los actores y 3) el intragable discurso ideológico. Voy a explicar cada uno por separado y lo voy a hacer en tres posts.
1) Argumento flojo y lleno de baches y cabos sueltos.
Muchas, muchas veces he pasado por esto: estoy viendo una película en la que un delincuente tiene secuestradas, atadas y amordazadas a una mujer y su hija. El esposo de la mujer y padre de la nena no está ahí, pero en un momento determinado aparece inesperadamente, por detrás del secuestrador y sin que éste lo vea. Casualmente hay un tubo de hierro bastante pesado sobre una mesa cercana, y él lo toma. Ahora bien, ustedes, ¿Qué harían en lugar de este hombre? Bueno, yo agarraría el tubo, primero le sacudiría al secuestrador en la nuca para desmayarlo y después le seguiría dando hasta que su cabeza quede convertida en algo parecido al puré de tomate. Eso haría. Después desataría a mi mujer y mi hija, y les quitaría la mordaza. Pero en la película no pasa nada de eso, de ninguna manera. El marido-padre-héroe, empuñando el tubo como si fuera a golpearlo, le empieza a hablar al secuestrador: "... Suelta el arma .... ¿Creíste que podías salirte con la tuya?" lo que le da tiempo al secuestrador para contestarle, distraerlo, arrebatarle el tubo etc. En otra variante el marido-padre-héroe golpea al secuestrador con el tubo EN LA ESPALDA, aturdiéndole momentáneamente; entonces corre a desatar a su mujer y su hija, las abraza y las besa, ellas lloran y, claro, se ve detrás cómo el secuestrador se levanta, toma el arma, reduce al marido-padre, etc.
Cuando me encuentro con esta escena en una película me levanto y voy a leer un libro o a regar las plantas, porque me parecen una falta de respeto estas tramoyas que sólo buscan estirar media hora más una mala película que tendría que haber terminado veinte minutos antes.
Pues bien, la Casa de Papel no tiene una escena de estas; tiene como cincuenta. A Tokio la sacan en una camilla castigada, ella se obsesiona con matar a Berlín pero después decide volver y reconciliarse, para lo cual se lanza con su moto entre una selva de francotiradores (¿No se supone que un francotirador es capaz de arrancarle una pata a una hormiga a 300 metros?) sin que le acierte ni una bala, sin que la rocen, sin que la despeinen siquiera.
Supuestamente Moscú era un bruto al que lo llevaron para cavar el túnel, pero salvo unos pocos minutos al comienzo de la primera temporada, en la que se lo ve trabajando, se pasa el resto de la serie paseándose o pescando in fraganti a su hijo, el bestia de Denver, mientras le da masa a Mónica. Dicho sea de paso, después de que Denver y Mónica se cansaron de tener sexo por todos los rincones, en el último episodio Denver va a revisarle a Mónica sus heridas, y pudorosamente se da vuelta para no mirar mientras ella se baja la ropa.
La banda cuenta entre sus integrantes con la mejor falsificadora de billetes del planeta, y la tienen para imprimir billetes en la Casa de la Moneda, con las máquinas, las planchas, la tinta y el papel auténticos de la Casa de La Moneda. Para falsificar así no hace falta una falsificadora; con una mucama recién llegada a Europa como inmigrante ilegal bastaba.
Uno de los atracadores es un hacker extraordinario que, llamativamente, no muestra en ningún momento sus sensacionales habilidades, y se limita a custodiar con una ametralladora a los rehenes, y sacudirle a Tokio cuando se presenta la ocasión, y cuando no se presenta también. Todavía nos deben una explicación del aporte que hizo al atraco, tal vez porque el director o el guionista no tuvieran muy claro qué hace un hacker, y no tuvieron tiempo de averiguarlo.
Vayan mi saludo y respeto por la resistencia física de los rehenes que después de dormir cinco días en el piso y bajo la tensión constante y el temor por su vida, al final de la serie parecen recién salidos de un spa. Yo me desperté con un camión que pasó frente a mi casa a las 4:00 am, y hoy tengo una cara de muerto en vida que no se puede creer.
Dejo en el tintero un sinnúmero de inconsistencias o groseras muestras de ignorancia, pero no puedo pasar por alto un punto decisivo: el dinero.
Si vamos a calcular el volumen y peso de casi 1.000 millones de euros, hay una imposibilidad física de transportarlos usando esa cantidad de gente y en el poco tiempo que pasó entre que terminaron el túnel y la policía ingresó a la casa de la moneda. Pero dando por sentado que se salvó esa limitación: ¿Qué hicieron después? Si vamos a dividir el botín entre los participantes, y supondremos que en partes iguales porque al fin y al cabo el profesor es comunista y está por la igualdad, cada uno tendría cerca de 100.000.000 de euros. El volumen y el peso son prácticamente inmanejables para una sola persona; ni hablar de sacarlo del país porque implica un montón de valijas casi imposibles de pasar por los controles de un aeropuerto. Los lavadores de dinero saben que los billetes en efectivo son la prueba de su delito y por eso buscan convertirlos en otra cosa de todas las maneras posibles. Pero una cosa es un narcotraficante que busca lavar 1.000.000 de dólares y otra muy distinta un atracador tratando de hacerlo con 100.000.000 de euros; en España sería imposible porque todos los sistemas estarían alertados, y como vimos, sacarlos resulta sumamente difícil. Cualquiera que haya tratado de comprar un departamento o una casa con más de 10.000 dólares en efectivo lo sabe bien: se le pedirá una justificación del origen de los fondos. Lo mismo vale para el intento de depositar esa suma en una cuenta. Pueden presentar un documento falso una vez, dos, diez veces, pero en alguna de esas va a fallar. Tal vez lo único que les queda es esconder el dinero y gastar de a poco, siempre con el temor de que alguien descubra el escondite. Me dirán que muchos políticos han lavado sumas muy superiores, y es cierto; pero se trata de personas con poder político que controlan o influyen sobre jueces, organismos de seguridad y de prevención de lavado de dinero, lo que no es el caso de los atracadores. Es verdad que el Profesor y sus secuaces podrán corromper algunos jueces y varios policías, pero todo eso implica que cada vez haya más gente que los conoce e identifica, que sabe quiénes son y lo que han hecho, más agujeros que tapar, más potenciales eslabones débiles en la cadena.
Bueno, me dirán: "Es una película, es una serie". Estoy de acuerdo en que uno no puede pedir en una serie o película que todos los detalles cierren; pero yo al menos espero un argumento más sólido y consistente.
En el próximo post me ocuparé de los actores.
1) Argumento flojo y lleno de baches y cabos sueltos.
Muchas, muchas veces he pasado por esto: estoy viendo una película en la que un delincuente tiene secuestradas, atadas y amordazadas a una mujer y su hija. El esposo de la mujer y padre de la nena no está ahí, pero en un momento determinado aparece inesperadamente, por detrás del secuestrador y sin que éste lo vea. Casualmente hay un tubo de hierro bastante pesado sobre una mesa cercana, y él lo toma. Ahora bien, ustedes, ¿Qué harían en lugar de este hombre? Bueno, yo agarraría el tubo, primero le sacudiría al secuestrador en la nuca para desmayarlo y después le seguiría dando hasta que su cabeza quede convertida en algo parecido al puré de tomate. Eso haría. Después desataría a mi mujer y mi hija, y les quitaría la mordaza. Pero en la película no pasa nada de eso, de ninguna manera. El marido-padre-héroe, empuñando el tubo como si fuera a golpearlo, le empieza a hablar al secuestrador: "... Suelta el arma .... ¿Creíste que podías salirte con la tuya?" lo que le da tiempo al secuestrador para contestarle, distraerlo, arrebatarle el tubo etc. En otra variante el marido-padre-héroe golpea al secuestrador con el tubo EN LA ESPALDA, aturdiéndole momentáneamente; entonces corre a desatar a su mujer y su hija, las abraza y las besa, ellas lloran y, claro, se ve detrás cómo el secuestrador se levanta, toma el arma, reduce al marido-padre, etc.
Cuando me encuentro con esta escena en una película me levanto y voy a leer un libro o a regar las plantas, porque me parecen una falta de respeto estas tramoyas que sólo buscan estirar media hora más una mala película que tendría que haber terminado veinte minutos antes.
Pues bien, la Casa de Papel no tiene una escena de estas; tiene como cincuenta. A Tokio la sacan en una camilla castigada, ella se obsesiona con matar a Berlín pero después decide volver y reconciliarse, para lo cual se lanza con su moto entre una selva de francotiradores (¿No se supone que un francotirador es capaz de arrancarle una pata a una hormiga a 300 metros?) sin que le acierte ni una bala, sin que la rocen, sin que la despeinen siquiera.
Supuestamente Moscú era un bruto al que lo llevaron para cavar el túnel, pero salvo unos pocos minutos al comienzo de la primera temporada, en la que se lo ve trabajando, se pasa el resto de la serie paseándose o pescando in fraganti a su hijo, el bestia de Denver, mientras le da masa a Mónica. Dicho sea de paso, después de que Denver y Mónica se cansaron de tener sexo por todos los rincones, en el último episodio Denver va a revisarle a Mónica sus heridas, y pudorosamente se da vuelta para no mirar mientras ella se baja la ropa.
La banda cuenta entre sus integrantes con la mejor falsificadora de billetes del planeta, y la tienen para imprimir billetes en la Casa de la Moneda, con las máquinas, las planchas, la tinta y el papel auténticos de la Casa de La Moneda. Para falsificar así no hace falta una falsificadora; con una mucama recién llegada a Europa como inmigrante ilegal bastaba.
Uno de los atracadores es un hacker extraordinario que, llamativamente, no muestra en ningún momento sus sensacionales habilidades, y se limita a custodiar con una ametralladora a los rehenes, y sacudirle a Tokio cuando se presenta la ocasión, y cuando no se presenta también. Todavía nos deben una explicación del aporte que hizo al atraco, tal vez porque el director o el guionista no tuvieran muy claro qué hace un hacker, y no tuvieron tiempo de averiguarlo.
Vayan mi saludo y respeto por la resistencia física de los rehenes que después de dormir cinco días en el piso y bajo la tensión constante y el temor por su vida, al final de la serie parecen recién salidos de un spa. Yo me desperté con un camión que pasó frente a mi casa a las 4:00 am, y hoy tengo una cara de muerto en vida que no se puede creer.
Dejo en el tintero un sinnúmero de inconsistencias o groseras muestras de ignorancia, pero no puedo pasar por alto un punto decisivo: el dinero.
Si vamos a calcular el volumen y peso de casi 1.000 millones de euros, hay una imposibilidad física de transportarlos usando esa cantidad de gente y en el poco tiempo que pasó entre que terminaron el túnel y la policía ingresó a la casa de la moneda. Pero dando por sentado que se salvó esa limitación: ¿Qué hicieron después? Si vamos a dividir el botín entre los participantes, y supondremos que en partes iguales porque al fin y al cabo el profesor es comunista y está por la igualdad, cada uno tendría cerca de 100.000.000 de euros. El volumen y el peso son prácticamente inmanejables para una sola persona; ni hablar de sacarlo del país porque implica un montón de valijas casi imposibles de pasar por los controles de un aeropuerto. Los lavadores de dinero saben que los billetes en efectivo son la prueba de su delito y por eso buscan convertirlos en otra cosa de todas las maneras posibles. Pero una cosa es un narcotraficante que busca lavar 1.000.000 de dólares y otra muy distinta un atracador tratando de hacerlo con 100.000.000 de euros; en España sería imposible porque todos los sistemas estarían alertados, y como vimos, sacarlos resulta sumamente difícil. Cualquiera que haya tratado de comprar un departamento o una casa con más de 10.000 dólares en efectivo lo sabe bien: se le pedirá una justificación del origen de los fondos. Lo mismo vale para el intento de depositar esa suma en una cuenta. Pueden presentar un documento falso una vez, dos, diez veces, pero en alguna de esas va a fallar. Tal vez lo único que les queda es esconder el dinero y gastar de a poco, siempre con el temor de que alguien descubra el escondite. Me dirán que muchos políticos han lavado sumas muy superiores, y es cierto; pero se trata de personas con poder político que controlan o influyen sobre jueces, organismos de seguridad y de prevención de lavado de dinero, lo que no es el caso de los atracadores. Es verdad que el Profesor y sus secuaces podrán corromper algunos jueces y varios policías, pero todo eso implica que cada vez haya más gente que los conoce e identifica, que sabe quiénes son y lo que han hecho, más agujeros que tapar, más potenciales eslabones débiles en la cadena.
Bueno, me dirán: "Es una película, es una serie". Estoy de acuerdo en que uno no puede pedir en una serie o película que todos los detalles cierren; pero yo al menos espero un argumento más sólido y consistente.
En el próximo post me ocuparé de los actores.
lunes, 5 de marzo de 2018
El incorregible que se corrigió
"Los peronistas no son ni buenos ni malos; son incorregibles"
Jorge Luis Borges
Crecí sabiendo una sola cosa sobre Borges: era gorila y oligarca. Y era todo lo que había que saber sobre el tema. Para el peronista promedio, el General era una persona culta e inteligente, y sus discursos llenos de palabras difíciles (y desconocidas) como "cipayos vernáculos" o "imberbes" expresaban su intelecto superior.
En la adolescencia, algunos profesores de lengua ("Castellano" se llamaba entonces) o de Literatura, vanamente intentaron ensalzar al escritor ciego ante una audiencia proveniente en su mayoría de hogares tanto o más fanáticamente peronistas que el mío. Cierta vez la docente leyó ante la clase "Hombre de la esquina rosada"; nos sentimos culpables porque nos agradara una pieza escrita por un escritor gorila.
Con los años fui leyendo algunas partes de su obra, como "Ficciones", de manera aislada. Cursando Estadística en la Universidad, la profesora a cargo mencionó como ejemplo de cálculo combinatorio y de probabilidades el relato "La biblioteca de Babel", que releí con renovado placer desde esta nueva perspectiva.
Tiempo después compré una edición en entregas de las obras completas de Borges, que comencé a navegar con felicidad. No elogiaré sus méritos, pues grandes escritores lo hicieron; sólo hablaré del placer que su lectura me ha otorgado. Cada uno tiene su obra favorita de Borges; Funes el memorioso, El Inmortal, la Casa de Asterión, las Alarmas del doctor Américo Castro están entre las mías.
Mario Bunge ha escrito que "(...) La obra de Borges admira pero no conmueve. Fue escrita con la corteza celebral, sin participación del sistema límbico. Es fría y distante como una escultura moderna". No diré nada de la frialdad del mismo Bunge; prefiero explorar la afirmación de que la obra de Borges no conmueve.
Reflexionando sobre la modesta gloria que le cabe a Francisco de Quevedo en la historia de la literatura universal, Borges aventura que la explicación se encontraría "en el hecho de que sus duras páginas no fomentan, ni siquiera toleran, el menor desahogo sentimental". El sentimentalismo es banal; cualquiera puede conmover con el relato de una madre cuyo hijo ha sido asesinado, o con la historia de un amor no correspondido que dura toda una vida; y aunque Lorca y García Márquez lo han hecho con gran felicidad, sólo Borges es capaz de impresionarnos con la angustia del hombre que sabe que vivirá eternamente y tiene por delante una sucesión infinita de días; o hacernos sospechar el sufrimiento del Minotauro, monstruo encerrado en su laberinto, aislado y solo esperando el día en que la espada de Teseo lo libere para siempre.
La emoción de encontrar ¡en diez páginas! la descripción de un mundo imaginado con su historia, sus montañas y ciudades; o la que producen las ácidas y elegantes ironías respecto de obras literarias o películas, no son de orden sentimental, pero son las que otorgan ese placer único a la lectura.
Pasaré por alto las opiniones de los que juzgan la obra literaria de Borges a partir de sus posturas políticas. No me ocuparé de la negativa histórica de la Academia Sueca por otorgarle el premio Nobel, un premio que la misma academia, en su incansable búsqueda de la corrección política, ha rebajado hasta la irrelevancia. Dije, y cumplo, que sólo contaría el placer que me produce su lectura.
Jorge Luis Borges
Crecí sabiendo una sola cosa sobre Borges: era gorila y oligarca. Y era todo lo que había que saber sobre el tema. Para el peronista promedio, el General era una persona culta e inteligente, y sus discursos llenos de palabras difíciles (y desconocidas) como "cipayos vernáculos" o "imberbes" expresaban su intelecto superior.
En la adolescencia, algunos profesores de lengua ("Castellano" se llamaba entonces) o de Literatura, vanamente intentaron ensalzar al escritor ciego ante una audiencia proveniente en su mayoría de hogares tanto o más fanáticamente peronistas que el mío. Cierta vez la docente leyó ante la clase "Hombre de la esquina rosada"; nos sentimos culpables porque nos agradara una pieza escrita por un escritor gorila.
Con los años fui leyendo algunas partes de su obra, como "Ficciones", de manera aislada. Cursando Estadística en la Universidad, la profesora a cargo mencionó como ejemplo de cálculo combinatorio y de probabilidades el relato "La biblioteca de Babel", que releí con renovado placer desde esta nueva perspectiva.
Tiempo después compré una edición en entregas de las obras completas de Borges, que comencé a navegar con felicidad. No elogiaré sus méritos, pues grandes escritores lo hicieron; sólo hablaré del placer que su lectura me ha otorgado. Cada uno tiene su obra favorita de Borges; Funes el memorioso, El Inmortal, la Casa de Asterión, las Alarmas del doctor Américo Castro están entre las mías.
Mario Bunge ha escrito que "(...) La obra de Borges admira pero no conmueve. Fue escrita con la corteza celebral, sin participación del sistema límbico. Es fría y distante como una escultura moderna". No diré nada de la frialdad del mismo Bunge; prefiero explorar la afirmación de que la obra de Borges no conmueve.
Reflexionando sobre la modesta gloria que le cabe a Francisco de Quevedo en la historia de la literatura universal, Borges aventura que la explicación se encontraría "en el hecho de que sus duras páginas no fomentan, ni siquiera toleran, el menor desahogo sentimental". El sentimentalismo es banal; cualquiera puede conmover con el relato de una madre cuyo hijo ha sido asesinado, o con la historia de un amor no correspondido que dura toda una vida; y aunque Lorca y García Márquez lo han hecho con gran felicidad, sólo Borges es capaz de impresionarnos con la angustia del hombre que sabe que vivirá eternamente y tiene por delante una sucesión infinita de días; o hacernos sospechar el sufrimiento del Minotauro, monstruo encerrado en su laberinto, aislado y solo esperando el día en que la espada de Teseo lo libere para siempre.
La emoción de encontrar ¡en diez páginas! la descripción de un mundo imaginado con su historia, sus montañas y ciudades; o la que producen las ácidas y elegantes ironías respecto de obras literarias o películas, no son de orden sentimental, pero son las que otorgan ese placer único a la lectura.
Las opiniones de escritores del país o el exterior son mayoritariamente, aunque no unánimemente, favorables a la obra de Borges. Nadine Gordimer, en su discurso de aceptación del Nobel de Literatura (jamás concedido a Borges), lo cita al menos cinco veces con gran respeto o admiración.
Críticas punzantes de la obra de Borges, a la que llama "chistes intelectuales" (Intellectual jokes), ha disparado Vidia Naipaul, premio Nobel 2001, que estuvo algunos días en Argentina allá por 1974. Durante su visita frecuentó los prostíbulos de la Recoleta e hizo un viaje en autobús hasta La Rioja, después de lo cual escribió un libro sobre la Argentina en el que afirma que las mujeres argentinas saben que su único futuro es trabajar en la prostitución, y lo aceptan así. No sé si exploró la obra de Borges con la misma superficialidad con la que estudió a la sociedad argentina.
Pasaré por alto las opiniones de los que juzgan la obra literaria de Borges a partir de sus posturas políticas. No me ocuparé de la negativa histórica de la Academia Sueca por otorgarle el premio Nobel, un premio que la misma academia, en su incansable búsqueda de la corrección política, ha rebajado hasta la irrelevancia. Dije, y cumplo, que sólo contaría el placer que me produce su lectura.
Tal vez sea cierto que los peronistas son incorregibles. Yo ya no soy peronista, así que tal vez sea corregible aún.
miércoles, 3 de enero de 2018
Ferr-Guas y Guat-Jan
Crecí en un barrio que era casi campo, donde disfrutaba de sencillos placeres como poder jugar en la calle hasta la noche en verano, o sentarme en la vereda con papá a saludar a los vecinos que pasaban de vuelta del trabajo. Tranquilo y apacible como era, resultaba también un mundo un tanto pobre, no solo desde lo material sino desde lo espiritual y lo intelectual.
Ignoro por qué a papá se le habrá ocurrido comprar esa enciclopedia en fascículos impresa en España, pero cada semana el vendedor de diarios pasaba por casa y nos dejaba el ejemplar correspondiente. Todavía creo que los estoy viendo, con las letras del título negras y azules (Monitor, diccionario enciclopédico) y en la parte inferior de la portada el nombre de la editorial Salvat. Al completarse un tomo comprábamos las tapas, pero nunca llegué a encuadernarlos, tal vez porque no sabíamos dónde encargar ese trabajo, o tal vez por desidia.
Los tomos llevaban en el lomo dos sílabas, que representaban la primera sílaba del primer y del último vocablos o tema que contenía. Recuerdo el primer tomo "A-Astra" y otros como "Ferr-Guas" o "Guat-Jan". Los fascículos en offset tenían buenas ilustraciones, para lo que permitía la técnica de impresión de la época.
Esa modesta publicación abrió, como en los cuentos, una puerta a otros mundos, una puerta por la que escapé, a mis once años. de la módica realidad cotidiana que me rodeaba. En sus páginas supe de la existencia de un mineral llamado Rejalgar (un sulfuro de arsénico) pero en la misma página aparecía una foto de las rejas que hizo Gaudí para la entrada del parque Güell, en Barcelona. En la página dedicada a "metafísica" se veía una reproducción de "Las musas inquietantes" de Giorgio de Chirico, que me hipnotizó entonces y sigue embrujándome hoy. No estaba muy clara en el texto la relación de esa obra con la metafísica, hasta que años después supe que ese pintor calificaba sus obras como "scuola metafísica".
En la enciclopedia convivían en fascinante mescolanza los glifos de los dieciocho meses del calendario lunar maya con las pinturas surrealistas de René Magritte; o una entrada sobre Oscar Wilde que entre otras cosas decía "...su formación quedó trunca por la homosexualidad...". Lo que me costó entender eso entonces, a esa edad, y en aquellos años cuando la palabra ni se nombraba ...
Las obras de Velázquez, las cumbres del Himalaya o de los Montes Altai, el expresionismo alemán, los cuadros de Edward Munch (me impresionó especialmente "Calle Karl Johans al atardecer" con su fila de espectrales paseantes), las guerras napoleónicas o los templos de la cultura khmer, el dadaísmo, las obras del Museo del Prado o los tesoros del British Museum, todo vino a llenar de variedad, de emoción y de interés a aquel pequeño mundo de mis once años, en ese pequeño lugar donde me crié.
Con los años, las enciclopedias se fueron perdiendo y terminaron sin duda en ese olvido al que condenamos a muchos objetos. Pero la puerta que abrieron, esa no se cerró jamás. Gracias, Monitor.
Ignoro por qué a papá se le habrá ocurrido comprar esa enciclopedia en fascículos impresa en España, pero cada semana el vendedor de diarios pasaba por casa y nos dejaba el ejemplar correspondiente. Todavía creo que los estoy viendo, con las letras del título negras y azules (Monitor, diccionario enciclopédico) y en la parte inferior de la portada el nombre de la editorial Salvat. Al completarse un tomo comprábamos las tapas, pero nunca llegué a encuadernarlos, tal vez porque no sabíamos dónde encargar ese trabajo, o tal vez por desidia.
Los tomos llevaban en el lomo dos sílabas, que representaban la primera sílaba del primer y del último vocablos o tema que contenía. Recuerdo el primer tomo "A-Astra" y otros como "Ferr-Guas" o "Guat-Jan". Los fascículos en offset tenían buenas ilustraciones, para lo que permitía la técnica de impresión de la época.
Esa modesta publicación abrió, como en los cuentos, una puerta a otros mundos, una puerta por la que escapé, a mis once años. de la módica realidad cotidiana que me rodeaba. En sus páginas supe de la existencia de un mineral llamado Rejalgar (un sulfuro de arsénico) pero en la misma página aparecía una foto de las rejas que hizo Gaudí para la entrada del parque Güell, en Barcelona. En la página dedicada a "metafísica" se veía una reproducción de "Las musas inquietantes" de Giorgio de Chirico, que me hipnotizó entonces y sigue embrujándome hoy. No estaba muy clara en el texto la relación de esa obra con la metafísica, hasta que años después supe que ese pintor calificaba sus obras como "scuola metafísica".
En la enciclopedia convivían en fascinante mescolanza los glifos de los dieciocho meses del calendario lunar maya con las pinturas surrealistas de René Magritte; o una entrada sobre Oscar Wilde que entre otras cosas decía "...su formación quedó trunca por la homosexualidad...". Lo que me costó entender eso entonces, a esa edad, y en aquellos años cuando la palabra ni se nombraba ...
Las obras de Velázquez, las cumbres del Himalaya o de los Montes Altai, el expresionismo alemán, los cuadros de Edward Munch (me impresionó especialmente "Calle Karl Johans al atardecer" con su fila de espectrales paseantes), las guerras napoleónicas o los templos de la cultura khmer, el dadaísmo, las obras del Museo del Prado o los tesoros del British Museum, todo vino a llenar de variedad, de emoción y de interés a aquel pequeño mundo de mis once años, en ese pequeño lugar donde me crié.
Con los años, las enciclopedias se fueron perdiendo y terminaron sin duda en ese olvido al que condenamos a muchos objetos. Pero la puerta que abrieron, esa no se cerró jamás. Gracias, Monitor.
miércoles, 23 de agosto de 2017
Sigamos compartiendo velitas por la PAZ
... seguro que cuando vean cuántas velitas compartimos, lo van a pensar dos veces.
lunes, 3 de julio de 2017
Aquellos veranos...
Los veranos eran indefectiblemente en Henderson, salvo una o dos veces que fuimos a Alta Gracia, donde había una colonia de vacaciones para ferroviarios. A Henderson íbamos a veces papá, mamá, Esteban y yo; cuando Esteban entró en la adolescencia, naturalmente, ya no nos acompañó. Las últimas veces fuimos papá y yo solamente. Desde ya, se viajaba en tren. Todavía existía el ramal a Carhué, que en el momento de su creación se llamó Ferrocarril Midland (todos, empezando por mamá, lo llamaban "El Mirlan"). Hace cerca de cuarenta años que no existe, pero yo tengo muy presente el trayecto, ocho horas de traqueteo sobre las vías deterioradas, estación tras estación pespunteando la monotonía de la llanura. Recuerdo todavía los nombres: Enrique Fynn, Almeyra, Ingeniero Williams, González Risos, San Sebastián, Ingeniero de Madrid, Ortiz de Rosas ... en Ingeniero Williams vivía una hermana de mi tía Nelly, cuyo esposo era jefe de estación allí, y cada vez que pasábamos mamá sacaba el cuerpo por la ventanilla para ver si ella estaba en el andén e intercambiar unos saludos. La mayor parte de las estaciones era simplemente eso: un edificio ferroviario frente a la pampa infinita, a lo sumo un almacén enfrente y cuatro o cinco casas. La línea no tocaba localidades de importancia como podrían haber sido ser Mercedes, Chivilcoy o 9 de julio; las únicas poblaciones de consideración eran Carhué, Henderson y Dudignac.
Carhué y sus aguas salobres eran un destino favorito de muchos italianos llegados después de la segunda guerra, y era común verlos en viaje, acompañados por sus mujeres vestidas de negro, ellos desafinando canciones napolitanas, ellas tal vez rezando el rosario en silencio.
Las ocho horas de viaje eran un constante aspirar de polvo y semillas de cardo; a veces recibíamos la bendición de un día lluvioso que aplacaba la polvareda, o bien la maldición de la quemazón de malezas que hacía el ferrocarril para despejar las vías, y que dejaban montañas de ceniza y carbonilla que entraban al tren y se posaban sobre la ropa y la piel.
Papá y mamá no coincidían en los objetivos que los llevaban a Henderson. Para mamá, se trataba de visitar a los parientes y conocidos, largas conversaciones acompañando al mate a la tardecita, en los patios de pueblo; para papá, se trataba de ir al campo. Por algunos años mi tío Guillermo trabajó en una estancia, y toda su familia, es decir mi tía Neca y mis tres primas, vivían con él allí. Para papá y para mí, visitarlos y quedarnos con ellos era la gloria; en verano, subirnos a la cosechadora en el campo de trigo, ver el cereal cayendo en las bolsas, bajo el toldo de la maquinaria que nos resguardaba del sol impiadoso de enero; recorrer los potreros viendo el ganado, los pájaros, las aves de corral... Luego mi tío se compró una casa en el pueblo, y papá y yo nos sentimos como Adán y Eva expulsados del paraíso luego de probar el fruto prohibido.
Estaba la chacra de tía Olga y tío Ignacio, y allí nos íbamos con papá, acompañados por mi primo Rubén. Creo que jamás olvidaré esos mediodías, comiendo con la vista al campo verde de maizales, zumbando bajo la luz del sol, mojando la galleta de campo en el jugo de la ensalada de tomates más rica que comí en mi vida; las noches con las estrellas que parecían al alcance de la mano, el atardecer con el silbido melancólico de la perdiz.
Cuando viajábamos solo papá y yo, estirábamos nuestra estadía en el campo todo lo más posible, y dejábamos las visitas a los parientes para las últimas horas del último día. No es que tuviéramos problema con la parentela, pero el campo era el campo ... Recuerdo incluso que una vez fuimos ese último día a saludar al tío Ramón ... y no estaba en casa. ¿Cómo se lo decíamos a mamá? Cuando se lo contamos estuvo enfurruñada y con la cara larga por unos días. "¡Qué va a decir Ramón si se entera de que estuvieron en Henderson y no lo fueron a saludar!".
Esos días están llenos de anécdotas que atesoro y que tal vez algún día ponga por escrito. Y como si fuera la segunda expulsión del paraíso, un día el tío Ignacio se fué de Henderson a La Plata para atender su salud, y no mucho después nos dejó para siempre. Esa pérdida marcó de muchas tristes maneras las vidas de todos los que estábamos cerca de él.
La tía alquiló la chacra, aunque no la casa. Así que una vez más fuimos con papá para ver si podíamos pasar unos días en el feliz retiro del campo; pero la casa estaba abandonada, invadida de ratas y gorriones, y no se veía habitable. Estuvimos allí el resto del día, como asimilando el golpe. En un momento vemos acercarse por la entrada del campo un auto: eran los inquilinos del campo, los Etulain, por cierto viejos conocidos de juventud de mi mamá, que llegaban para ver quiénes eran esas personas que habían entrado en la vivienda. Nos presentamos y conversamos un rato, nos enviaron saludos para mamá y se fueron. Al atardecer, ya no recuerdo cómo, volvimos al pueblo. Y así, casi sin darme cuenta, se terminó definitivamente una parte feliz de mi infancia.
Carhué y sus aguas salobres eran un destino favorito de muchos italianos llegados después de la segunda guerra, y era común verlos en viaje, acompañados por sus mujeres vestidas de negro, ellos desafinando canciones napolitanas, ellas tal vez rezando el rosario en silencio.
Las ocho horas de viaje eran un constante aspirar de polvo y semillas de cardo; a veces recibíamos la bendición de un día lluvioso que aplacaba la polvareda, o bien la maldición de la quemazón de malezas que hacía el ferrocarril para despejar las vías, y que dejaban montañas de ceniza y carbonilla que entraban al tren y se posaban sobre la ropa y la piel.
Papá y mamá no coincidían en los objetivos que los llevaban a Henderson. Para mamá, se trataba de visitar a los parientes y conocidos, largas conversaciones acompañando al mate a la tardecita, en los patios de pueblo; para papá, se trataba de ir al campo. Por algunos años mi tío Guillermo trabajó en una estancia, y toda su familia, es decir mi tía Neca y mis tres primas, vivían con él allí. Para papá y para mí, visitarlos y quedarnos con ellos era la gloria; en verano, subirnos a la cosechadora en el campo de trigo, ver el cereal cayendo en las bolsas, bajo el toldo de la maquinaria que nos resguardaba del sol impiadoso de enero; recorrer los potreros viendo el ganado, los pájaros, las aves de corral... Luego mi tío se compró una casa en el pueblo, y papá y yo nos sentimos como Adán y Eva expulsados del paraíso luego de probar el fruto prohibido.
Estaba la chacra de tía Olga y tío Ignacio, y allí nos íbamos con papá, acompañados por mi primo Rubén. Creo que jamás olvidaré esos mediodías, comiendo con la vista al campo verde de maizales, zumbando bajo la luz del sol, mojando la galleta de campo en el jugo de la ensalada de tomates más rica que comí en mi vida; las noches con las estrellas que parecían al alcance de la mano, el atardecer con el silbido melancólico de la perdiz.
Cuando viajábamos solo papá y yo, estirábamos nuestra estadía en el campo todo lo más posible, y dejábamos las visitas a los parientes para las últimas horas del último día. No es que tuviéramos problema con la parentela, pero el campo era el campo ... Recuerdo incluso que una vez fuimos ese último día a saludar al tío Ramón ... y no estaba en casa. ¿Cómo se lo decíamos a mamá? Cuando se lo contamos estuvo enfurruñada y con la cara larga por unos días. "¡Qué va a decir Ramón si se entera de que estuvieron en Henderson y no lo fueron a saludar!".
Esos días están llenos de anécdotas que atesoro y que tal vez algún día ponga por escrito. Y como si fuera la segunda expulsión del paraíso, un día el tío Ignacio se fué de Henderson a La Plata para atender su salud, y no mucho después nos dejó para siempre. Esa pérdida marcó de muchas tristes maneras las vidas de todos los que estábamos cerca de él.
La tía alquiló la chacra, aunque no la casa. Así que una vez más fuimos con papá para ver si podíamos pasar unos días en el feliz retiro del campo; pero la casa estaba abandonada, invadida de ratas y gorriones, y no se veía habitable. Estuvimos allí el resto del día, como asimilando el golpe. En un momento vemos acercarse por la entrada del campo un auto: eran los inquilinos del campo, los Etulain, por cierto viejos conocidos de juventud de mi mamá, que llegaban para ver quiénes eran esas personas que habían entrado en la vivienda. Nos presentamos y conversamos un rato, nos enviaron saludos para mamá y se fueron. Al atardecer, ya no recuerdo cómo, volvimos al pueblo. Y así, casi sin darme cuenta, se terminó definitivamente una parte feliz de mi infancia.
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